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Hebreos 10

Santa Biblia Martín Nieto

1En efecto, no siendo la ley más que una sombra de los bienes venideros y no la realidad misma de las cosas, ofrece cada año perpetuamente los mismos sacrificios sin poder hacer perfectos a aquellos que se acercan a Dios.

2De otro modo, ¿no hubiesen cesado de ofrecerlos, supuesto que quienes ofrecían este culto, purificados una vez para siempre, no tendrían ya conciencia alguna de pecado?

3Por el contrario, estos sacrificios traen cada año a la mente el recuerdo de los pecados;

4porque es imposible que la sangre de toros y machos cabríos quite los pecados.

5Por eso, al entrar en este mundo, Cristo dijo: No has querido sacrificios ni ofrendas, pero en su lugar me has formado un cuerpo.

6No te han agradado los holocaustos ni los sacrificios por el pecado.

7Entonces dije: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, como en el libro está escrito de mí.

8Primero dice que no ha querido sacrificios ni ofrendas y que no le han agradado los holocaustos y los sacrificios por el pecado;

9y luego añade: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad, con lo que deroga el primer régimen para fundar el segundo.

10Y en virtud de esta voluntad nosotros somos santificados, de una vez para siempre, por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo.

11Y mientras todo sacerdote se presenta diariamente, oficiando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios, que no tienen poder alguno para quitar los pecados,

12él, por el contrario, habiendo ofrecido un solo sacrificio por los pecados, se sentó para siempre a la derecha de Dios,

13esperando desde entonces que sus enemigos sean colocados como estrado de sus pies.

14Porque por una ofrenda única ha hecho perfectos para siempre a aquellos que santifica.

15Esto mismo nos atestigua también el Espíritu Santo; porque después de haber dicho:

16Ésta es la alianza que haré con ellos después de estos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones

17y no me acordaré más de sus crímenes y de sus pecados.

18Ahora bien, donde hay perdón de los pecados no hay necesidad de ofrenda por el pecado.

19Así pues, hermanos, puesto que tenemos la gozosa esperanza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús,

20siguiendo el camino nuevo y viviente que él ha inaugurado a través de la cortina, es decir, de su propia carne,

21y puesto que tenemos un nuevo sumo sacerdote al frente de la casa de Dios,

22acerquémonos con un corazón sincero, con fe perfecta, purificados los corazones de toda mancha de la que tengamos conciencia, y el cuerpo lavado con agua pura.

23Mantengamos firmemente la esperanza que profesamos, pues el que ha prometido es fiel;

24y miremos los unos por los otros para estimularnos en el amor y en las obras buenas;

25no abandonéis vuestras propias asambleas, como algunos tienen por costumbre hacer, sino más bien animaos mutuamente, y esto tanto más cuanto que veis acercarse el día.

26Porque si pecamos deliberadamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda sacrificio alguno por los pecados,

27sino una terrible expectación y el ardor vindicativo del fuego que consumirá a los rebeldes.

28Pues si el que viola la ley de Moisés es condenado irremisiblemente a muerte por el testimonio de dos o tres testigos,

29¿de cuánto mayor castigo pensáis vosotros que será digno quien haya pisoteado al Hijo de Dios y haya tratado como cosa profana la sangre de la alianza por la cual fue santificado, y haya ultrajado el Espíritu de la gracia?

30Porque conocemos a aquel que ha dicho: A mí la venganza, yo daré a cada cual lo que merezca.

31Es espantoso caer en las manos del Dios vivo.

32Recordad, en cambio, aquellos primeros días en que, después de haber sido iluminados, obtuvisteis grandes luchas de sufrimientos,

33unas veces expuestos públicamente a ultrajes y torturas y otras haciéndoos solidarios de aquellos que eran así tratados.

34Porque vosotros habéis compartido las penas de los presos, habéis aceptado con alegría el que os quitaran vuestros bienes, siendo conscientes de que estáis en posesión de una riqueza mejor y permanente.

35No perdáis vuestra esperanza cierta, que tendrá una gran recompensa.

36Es necesario que seáis constantes en el cumplimiento de la voluntad de Dios, para que alcancéis lo que os está prometido.

37Porque dentro de poco, muy poco tiempo, el que ha de venir llegará sin retrasos.

38Mi justo vivirá por la fe; pero si se acobarda, dejará de agradarme.

39Nosotros, sin embargo, no somos de aquellos que se retiran cobardemente para la perdición, sino de aquellos que se salvan por la fe.

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