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1 Reyes 20

Biblia del Peregrino (1993)

1Ben-Adad, rey de Siria, concentró todas sus tropas, y acompañado de treinta y dos reyes vasallos, con caballería y carros, marchó a sitiar Samaría y asaltarla.

2Mandó a la ciudad una embajada para Ajab de Israel

3con este mensaje: -Así dice Ben-Adad: Dame tu plata y tu oro; quédate con tus mujeres y niños.

4El rey de Israel respondió: -Como vuestra majestad ordene. Soy vuestro con todo lo que tengo.

5Pero los embajadores volvieron con un nuevo mensaje: -Así dice Ben-Adad: Mando a decirte que me des tu plata y tu oro, tus mujeres y niños.

6Así que mañana, a estas horas te enviaré mis oficiales a registrar tu palacio y los de tus ministros; echarán mano a lo que más quieres y se lo llevarán.

7El rey de Israel convocó a los ancianos del país y les dijo: -Fijaos bien cómo ése busca mi mal. Me reclama mis mujeres e hijos, mi plata y mi oro, y eso que no me negué.

8Todos los ancianos y el pueblo le respondieron: -No le hagas caso, no le obedezcas.

9Entonces dio esta respuesta a los embajadores de Ben-Adad: -Decid a su majestad: Haré lo que me dijiste la primera vez; pero esto otro no puedo hacerlo. Los embajadores marcharon llevando la respuesta.

10Entonces Ben-Adad le envió este mensaje: -Que los dioses me castiguen si hay bastante polvo en Samaría para que cada uno de mis soldados pueda tomar un puñado.

11Pero el rey de Israel contestó: -Decidle que nadie canta victoria al ceñirse la espada, sino al quitársela.

12Ben-Adad estaba bebiendo en las tiendas con los reyes, y en cuanto oyó la respuesta, ordenó a sus oficiales: -¡A vuestro puestos! Y se apostaron frente a la ciudad.

13Mientras tanto, a Ajab de Israel se le presentó un profeta, que le dijo: -Así dice el Señor: ¿Ves todo ese ejército inmenso? Te lo entregaré hoy mismo para que sepas que yo soy el Señor.

14Ajab preguntó: -¿Por medio de quién? Respondió el profeta: -Así dice el Señor: Por los asistentes de los gobernadores. Ajab preguntó: -¿Y quién atacará primero? Respondió el profeta: -Tú.

15Ajab pasó revista a los asistentes de los gobernadores, que eran doscientos treinta y dos, y a continuación al ejército israelita: siete mil hombres.

16A mediodía hicieron una salida, mientras Ben-Adad estaba emborrachándose en las tiendas con los treinta y dos aliados.

17Abrían la marcha los asistentes de los gobernadores, y a Ben-Adad le llegó este aviso: -Ha salido gente de Samaría.

18Ordenó: -Si han salido en son de paz, apresadlos vivos, y si han salido en plan de guerra, apresadlos vivos también.

19Decíamos que habían salido de la ciudad los asistentes de los gobernadores, y el ejército tras ellos,

20cada uno mató al que se le puso delante, y los sirios huyeron perseguidos por Israel; Ben-Adad, rey de Siria, escapó a caballo con algunos jinetes.

21Entonces salió el rey de Israel, se apoderó de los caballos y los carros y causó a los sirios una gran derrota.

22El profeta se acercó al rey y le dijo: -Hala, conserva tu ventaja y haz bien tus planes, porque el año que viene volverá a atacarte el rey de Siria.

23Por su parte, los ministros del rey de Siria propusieron: -Su Dios es un dios de montaña; por eso nos vencieron. A lo mejor, si les damos la batalla en el llano, los vencemos.

24Haz lo siguiente: depón a todos esos reyes y sustitúyelos por gobernadores.

25Junta luego un ejército como el que has perdido, otros tantos caballos y carros; les presentamos batalla en el llano, y malo será que no los venzamos. Ben-Adad les hizo caso y actuó así.

26Al año siguiente pasó revista a los sirios y marchó a Afec para luchar contra Israel.

27Los israelitas, después de pasar revista y aprovisionarse, salieron a su encuentro y acamparon frente a ellos; parecían un hato de cabras, mientras que los sirios cubrían la llanura.

28El profeta se acercó a decir al rey de Israel: -Así dice el Señor: Por haber dicho los sirios que el Señor es un dios de montaña y no de llanura, te entrego ese ejército inmenso, para que sepáis que yo soy el Señor.

29Siete días estuvieron acampados frente a frente. El día séptimo trabaron batalla, y en un solo día los israelitas les mataron a los sirios cien mil de infantería.

30Los supervivientes huyeron a Afec, pero la muralla se derrumbó sobre los veintisiete mil hombres que quedaban. Mientras tanto, Ben-Adad, que había huido, se metió en la ciudad, de casa en casa.

31Sus ministros le dijeron: -Mira, hemos oído que los reyes de Israel son misericordiosos. Vamos a ceñirnos un sayal y atarnos una cuerda en la cabeza, y nos rendiremos al rey de Israel. A lo mejor te perdona la vida.

32Se ciñeron un sayal, se ataron una cuerda a la cabeza y se presentaron al rey de Israel, diciendo: -Tu siervo Ben-Adad pide que le perdones la vida. El rey dijo: -¿Vive todavía? ¡Es mi hermano!

33Aquellos hombres se las prometieron felices, y tomándole al punto por la palabra, contestaron: -¡Ben-Adad es hermano tuyo! Ajab dijo: -Id a traerlo. Cuando llegó, Ajab lo subió a su carroza,

34y Ben-Adad le dijo: -Te devolveré las poblaciones que mi padre arrebató al tuyo. Y en Damasco te cederé un barrio, como lo tenía mi padre en Samaría. Con este pacto déjame ir libre. Ajab firmó un pacto con él y lo dejó en libertad.

35Uno de la comunidad de profetas dijo a un compañero, por orden del Señor: -¡Pégame! El otro se negó,

36y entonces le dijo: -Por no haber obedecido la orden del Señor, te matará un león en cuanto te separes de mí. Y cuando se alejaba, lo encontró un león y lo mató.

37Aquel profeta encontró a otro hombre, y le dijo: -¡Pégame! El hombre le pegó y lo dejó maltrecho.

38El profeta se puso a esperar al rey en el camino, disfrazado con una venda en los ojos.

39Cuando pasaba el rey, el profeta le gritó: -Tu servidor avanzaba hacia el centro de la batalla, cuando un hombre se acercó y me entregó otro hombre, diciéndome: Guarda a éste; si desaparece, lo pagarás con la vida o con dinero.

40Pero, mientras yo estaba ocupado de acá para allá, el otro desapareció. El rey de Israel le dijo: -¡Está clara la sentencia! Tú mismo la has pronunciado.

41Entonces el profeta se quitó de golpe la venda de los ojos y el rey de Israel se dio cuenta de que era un profeta.

42Entonces dijo al rey: -Así dice el Señor: Por haber dejado escapar al hombre que yo había consagrado al exterminio, pagarás su vida con tu vida y su ejército con tu ejército.

43El rey de Israel marchó a casa triste y afligido, y entró en Samaría.

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