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Salmos 49

Católica Biblia de Jerusalén

1¡Oídlo, pueblos todos, escuchad, habitantes todos de la tierra,

2hijos de Adán, así como hijos de hombre, ricos y pobres a la vez!

3Mi boca va a decir sabiduría, y cordura el murmullo de mi corazón;

4tiendo mi oído a un proverbio, al son de cítara descubriré mi enigma.

5¿Por qué temer en días de desgracia cuando me cerca la malicia de los que me hostigan,

6los que ponen su confianza en su fortuna, y se glorían de su gran riqueza?

7¡Si nadie puede redimirse ni pagar a Dios por su rescate!;

8es muy cara la redención de su alma, y siempre faltará,

9para que viva aún y nunca vea la fosa.

10Se ve, en cambio, fenecer a los sabios, perecer a la par necio y estúpido, y dejar para otros sus riquezas.

11Sus tumbas son sus casas para siempre, sus moradas de edad en edad; ¡y a sus tierras habían puesto sus nombres!

12El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja.

13Así andan ellos, seguros de sí mismos, y llegan al final, contentos de su suerte. Pausa.

14Como ovejas son llevados al seol, los pastorea la Muerte, y los rectos dominarán sobre ellos. Por la mañana se desgasta su imagen, ¡el seol será su residencia!

15Pero Dios rescatará mi alma, de las garras del seol me cobrará.

16No temas cuando el hombre se enriquece, cuando crece el boato de su casa.

17Que a su muerte, nada ha de llevarse, su boato no bajará con él.

18Aunque en vida se bendecía a sí mismo - te alaban, porque te has tratado bien -,

19irá a unirse a la estirpe de sus padres, que nunca ya verán la luz.

20El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja.

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