1 Reyes 2
Sagrada Biblia (CEE 2011) ›1Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
2«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre.
3Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas.
4El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”.
5Tú sabes bien lo que me hizo Joab, hijo de Seruyá, lo que hizo a los dos jefes de los ejércitos de Israel: a Abner, hijo de Ner, y a Amasá, hijo de Jéter: los asesinó, derramando en tiempo de paz sangre de guerra; ha manchado de sangre inocente la faja de mi cintura y la sandalia de mis pies.
6Haz lo que tu prudencia te dicte, pero no permitas que sus canas desciendan en paz al Seol.
7En cambio, a los hijos de Barzilai de Galaad los tratarás con magnanimidad; los contarás entre los que comen a tu mesa, porque también ellos me acogieron como parientes míos cuando yo huía de tu hermano Absalón.
8Ahí tienes a Semeí, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurín, que me lanzó atroces maldiciones el día en que yo iba a Majanáin, pero bajó a mi encuentro al Jordán y yo le juré por el Señor: “No te mataré a espada”.
9Pero tú no lo dejes impune; eres hombre avisado y sabrás qué hacer con él para que sus canas bajen ensangrentadas al Seol».
10David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
11Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
12Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.
13*2:13-25 Adonías no ha renunciado a sus aspiraciones hereditarias. Para hacerlas valer, solicita a Salomón que le adjudique la última concubina de David, Abisag, aspirando así a poseer el harén real, derecho que correspondía al heredero. Salomón no duda entonces en eliminar a su oponente y de paso a quienes lo habían apoyado. Adonías, hijo de Jaguit, fue adonde estaba Betsabé, madre de Salomón. Ella inquirió: «¿En son de paz?». Él respondió: «En son de paz»;
14y añadió: «Tengo algo que decirte». Ella contestó: «Dilo»;
15y él continuó: «Tú sabes que el reino me pertenecía y que todo Israel tenía puestos los ojos en mí para hacerme rey. Pero el reino me dio la espalda y fue a parar a mi hermano, pues el Señor lo tenía destinado para él.
16Ahora, pues, tengo que hacerte un solo ruego; no me lo niegues». Ella le permitió: «Habla».
17Él dijo: «Habla, por favor, al rey Salomón, que a ti no te lo negará. Que me dé por mujer a Abisag, la sunamita».
18Y Betsabé contestó: «Está bien. Hablaré al rey en favor tuyo».
19Luego Betsabé entró donde estaba el rey Salomón para interceder en favor de Adonías. El rey se levantó a su encuentro, hizo una inclinación ante ella y tomó asiento en su trono. Dispuso otro para la madre del rey, quien tomó asiento a su derecha.
20Dijo ella: «Solo tengo un pequeño ruego que hacerte, no me vuelvas la cara». Contestó el rey: «Expón tu ruego, madre, que no te volveré la cara».
21Ella continuó: «Que Abisag, la sunamita, sea entregada por mujer a tu hermano Adonías».
22El rey Salomón replicó a su madre: «¿Por qué pides tú a Abisag, la sunamita, para Adonías? Pide también para él el reino, pues, además de ser mi hermano mayor, ya tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Seruyá».
23El rey Salomón juró entonces por el Señor: «El Señor me castigue una y mil veces, si al decir tal cosa no se ha jugado Adonías la vida.
24¡Vive Dios, quien me ha entronizado y consolidado sobre el trono de David mi padre, dándome una dinastía tal como había prometido! ¡Adonías será hoy hombre muerto!».
25Entonces el rey Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, que cargó sobre él y lo mató.
26En cuanto al sacerdote Abiatar, el rey le dijo: «¡Vete a Anatot, a tus tierras! ¡Eres reo de muerte! Aunque en esta ocasión no voy a matarte, en atención a que llevaste el Arca de Dios, mi Señor, en presencia de mi padre David y compartiste todas sus tribulaciones».
27Destituyendo a Abiatar de su función como sacerdote del Señor, cumplió Salomón la palabra que el Señor había sentenciado en Siló contra la casa de Elí.
28El rumor de lo sucedido llegó a Joab, quien estaba de parte de Adonías —aunque antes no había estado de parte de Absalón—. Huyó entonces Joab a la Tienda del Señor y allí se agarró a los cuernos del altar.
29Comunicaron al rey Salomón: «Joab ha huido a la Tienda del Señor y permanece al lado del altar». Salomón envió a decirle: «¿Qué te sucede, que has huido al altar?». Respondió Joab: «He tenido miedo de ti y he huido al Señor». Entonces Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, con esta orden: «Ve, carga contra él». Benaías entró en la Tienda del Señor y le ordenó: «Así dice el rey: sal».
30Él respondió: «No, aquí moriré»; y Benaías llevó la respuesta al rey: «Así ha hablado Joab y así le he respondido».
31El rey mandó: «Haz como él ha dicho. ¡Carga contra él y entiérralo! De tal modo apartarás de la casa de mi padre y de mí la sangre inocente derramada por Joab.
32¡Haga recaer el Señor sobre su cabeza esa sangre inocente, por haber cargado contra dos hombres más justos y mejores que él asesinándolos con la espada! —sin que mi padre David supiese nada—: contra Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Israel, y contra Amasá, hijo de Jéter, jefe del ejército de Judá.
33¡Recaiga su sangre sobre la cabeza de Joab y la de su descendencia para siempre! ¡Mas haya paz perpetua de parte del Señor para David, su descendencia, su casa y su trono!».
34Entonces Benaías, hijo de Yehoyadá, subió, cargó contra Joab y lo mató. Luego lo enterraron en su casa, en el desierto.
35El rey puso en su lugar al frente del ejército a Benaías, hijo de Yehoyadá, y en el de Abiatar, a Sadoc, el sacerdote.
36Envió el rey a llamar a Semeí para decirle: «Hazte una casa en Jerusalén y vive en ella. No saldrás de allí ni a un lado ni a otro.
37Ten por cierto que el día en que salgas y cruces el torrente Cedrón, morirás y tú serás el responsable de tu muerte».
38Y Semeí dijo al rey: «Está bien lo que dices. Tu siervo hará como el rey mi señor ha dicho». Luego permaneció Semeí en Jerusalén durante mucho tiempo.
39Pero al cabo de tres años, dos de sus siervos huyeron adonde estaba Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Se lo comunicaron a Semeí: «Tus siervos están en Gat».
40Semeí se levantó, aparejó su asno y marchó a Gat, donde estaba Aquís, en busca de sus siervos. Fue y se los trajo de Gat.
41Informaron a Salomón: «Semeí ha ido de Jerusalén a Gat y ha traído a sus siervos».
42El rey envió a llamarle y le recordó: «¿No te hice jurar por Dios y te advertí: “El día en que salgas, para ir a dondequiera que sea, ten por cierto que morirás”, y tú asentiste a lo que escuchabas?
43¿Por qué no has guardado el juramento pronunciado ante el Señor y la orden que te impuse?».
44Añadió el rey: «Tú sabes todo el mal que hiciste a David mi padre —bien lo recuerdas—. Pues bien, ¡el Señor haga recaer toda tu maldad sobre tu cabeza!
45En cambio, ¡sea bendito el rey Salomón y manténgase siempre firme ante el Señor el trono de David!».
46Entonces el rey dio instrucciones a Benaías, hijo de Yehoyadá, el cual salió y cargó contra él hasta matarlo. Y quedó el reino consolidado en manos de Salomón.