Lucas 7
Nuevo Testamento CEBIHA ›1FE DEL CENTURIÓN (Mt 8, 6).— Cuando terminó todos sus discursos al pueblo, entró en Cafarnaúm.
2Y un centurión, que tenía un siervo muy querido enfermo, a punto de morir,
3habiendo oído hablar de Jesús, envióle unos ancianos de los judíos a rogarle que viniese a sanar a su siervo.
4Y ellos, acercándose a Jesús, le suplicaban con insistencia, diciendo: Merece que se lo concedas,
5porque ama a nuestra raza, y nos ha edificado él mismo una sinagoga.
6Y Jesús iba con ellos. Ya no estaban lejos de la casa, cuando el centurión envió unos amigos a decirle: Señor, no te molestes, que no soy digno de que entres en mi casa.
7Y por eso ni he osado ir a ti; pero dilo, y será curado mi siervo.
8Porque yo, siendo hombre sujeto al mando, tengo bajo mí soldados, y digo a éste: anda, y va; y a otro: ven, y viene; y a mi siervo: haz esto, y lo hace.
9Al oír esto Jesús, se maravilló de él, y, volviéndose a la multitud que le seguía, dijo: Os digo que ni en Israel he hallado fe como ésta.
10Y habiendo regresado; a su casa los enviados, encontraron sano al siervo.
11EL JOVEN DE NAÍM.— Después marchó a una ciudad llamada Naím; e iban con Él sus discípulos y mucha gente.
12Y al acercarse a la puerta de la ciudad, he aquí que conducían muerto al hijo único de una madre, que era viuda; y la acompañaba una considerable multitud de la ciudad.
13Al verla el Señor, se apiadó de ella, y le dijo: No llores.
14Y acercándose, tocó el féretro; los portadores se detuvieron, y dijo: Joven, Yo te lo mando: levántate.
15Y se sentó el muerto y comenzó a hablar; y se lo entregó a su madre.
16El temor invadió a todos, y alababan a Dios, diciendo: Un profeta grande ha surgido entre nosotros, y Dios ha visitado a su pueblo.
17Y este suceso se propagó por toda la Judea, y por toda la comarca.
18EMBAJADA DEL BAUTISTA (Mt 11, 2).— Llevaron a Juan sus discípulos noticia de todas estas cosas; y llamando Juan a dos de sus discípulos,
19los envió al Señor a preguntarle: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
20Y acercándose a Él los hombres, le dijeron: Juan, el Bautista, nos envía a Ti a preguntarte: ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?
21Entonces allí mismo curó a muchos de sus enfermedades, debilidades y malos espíritus, y a muchos ciegos dio vista.
22Y les respondió: Id y referid a Juan lo que visteis y oísteis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados;
23y feliz el que no se escandaliza en Mí.
24ELOGIA AL BAUTISTA.— Cuando los mensajeros de Juan se fueron, comenzó a hablar de él a las turbas: ¿Qué salisteis a ver en el desierto?, ¿una caña movida por el viento?
25Mas ¿qué salisteis a ver?, ¿un hombre vestido de trajes muelles? Los que visten suntuosamente y viven en el regalo, están en los palacios reales.
26¿A qué salisteis, pues? ¿A ver un profeta.? Sí, os digo, y más que profeta.
27Éste es de quien está escrito: Mira que yo envío mi mensajero delante de tu faz;, quien preparará tu camino delante de ti.
28Pues os digo: No hay profeta entre los hijos de mujer, mayor que Juan; pero el más pequeño en el Reino de Dios es mayor que él.
29Y todo el pueblo que le escuchó y los publícanos reconocieron la justicia de Dios, recibiendo el bautismo de Juan.
30Pero los fariseos y los doctores de la Ley frustraron el plan de Dios para con ellos, no haciéndose bautizar por él.
31¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación, y a quién se parecen?
32Se parecen a los muchachos sentados en la plaza, que cantan unos a otros aquellos de: Os tocamos la flauta y no danzasteis. Nos Lamentamos y no llorasteis.
33Porque vino Juan el Bautista; no comía pan ni bebía vino, y decís: Es un poseso.
34Vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: Mirad un hombre glotón y bebedor, amigo de publicanos y pecadores.
35Pero la sabiduría fue reconocida justa por todos sus hijos.
36LA PECADORA Y EL FARISEO.— Un fariseo le invitó a comer con él; y, entrando en su casa, se puso a la mesa .
37Y había una mujer pecadora en la ciudad, la cual supo que estaba a la mesa en la casa del fariseo, y llevando un vaso de alabastro lleno de ungüento,
38poniéndose detrás junto a sus pies y llorando, comenzó a regarlos con sus lágrimas y los enjugaba con los cabellos de su cabeza, y los besaba y ungía con el ungüento.
39Viéndolo el fariseo que le había invitado, dijo para sí: Si éste fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que lo toca, que es una pecadora.
40Y Jesús le respondió: Simón, tengo algo que decirte. Y él: Maestro dilo:
41Un prestamista tenía deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta.
42No pudiendo ellos pagar, a los dos perdonó. ¿Quién, pues, de ellos le amará más?
43Respondió Simón: Creo que aquél a quien se le perdonó más. Él le dijo: Bien has juzgado.
44Y volviéndose a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para los pies; mas ella ha bañado mis pies con sus lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos.
45No me diste el ósculo; mas ésta, desde que entró, no ha cesado de besar mis pies.
46No me ungiste con aceite mi cabeza; y ésta ha ungido mis pies con ungüento.
47Por lo cual te digo que le son perdonados sus numerosos pecados, puesto que amó mucho. A quien se le perdona poco, ama poco.
48Y a ella le dijo: Tus pecados son perdonados.
49Y empezaron los comensales a decir entre sí: ¿Quién es éste que aun los pecados perdona?
50Y dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado; vete en paz.