Rom 8, 1-17
Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)1Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están unidos a Cristo Jesús, 2porque la ley del espíritu, que da la vida a través de Cristo Jesús, te liberó * de la ley del pecado y de la muerte * . 3Pues lo que la ley era incapaz de hacer, reducida como estaba a la impotencia * por la carne, lo hizo Dios. En efecto, Dios, enviando a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden a abolir el pecado, condenó el pecado en la carne. 4Y lo hizo para que la justicia de la ley * se cumpliera en nosotros, que seguimos una conducta no según la carne, sino según el espíritu. 5Efectivamente, los que viven según la carne desean lo que es propio de la carne; mas los que viven según el espíritu buscan lo espiritual. 6Ahora bien, las tendencias de la carne desembocan en la muerte, mas las del espíritu conducen a la vida y la paz, 7ya que las tendencias de la carne llevan al odio de Dios: no se someten a la ley de Dios, ni siquiera pueden. 8Así que los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. 9Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece; 10mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo esté ya muerto a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia que habéis recibido * . 11Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros * . 12Así que, hermanos míos, no somos deudores de la carne para vivir según la carne, 13pues, si vivís según la carne, moriréis. Pero si con el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis. 14En efecto, todos los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios * . 15Y vosotros no habéis recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre * ! 16El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio * de que somos hijos de Dios. 17Y, si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios y coherederos de Cristo, si compartimos sus sufrimientos, para ser también con él glorificados.