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Hch 27, 1-44

Biblia de Jerusalén 4 Edición (2009)

1Cuando se decidió que nos * embarcásemos rumbo a Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros prisioneros a un centurión de la cohorte Augusta, llamado Julio. 2Embarcamos en una nave de Adramitio, que iba a partir hacia las costas de Asia, y nos hicimos a la mar. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica. 3Al día siguiente arribamos a Sidón. Julio se portó humanamente con Pablo y le permitió ir a ver a sus amigos y ser atendido por ellos. 4Zarpamos de allí y navegamos al abrigo de las costas de Chipre, porque los vientos eran contrarios. 5Atravesamos los mares de Cilicia y Panfilia y, al cabo de quince días * , llegamos a Mira de Licia. 6Allí encontró el centurión una nave alejandrina que navegaba a Italia, y nos hizo subir a bordo. 7Durante muchos días la navegación fue lenta y a duras penas llegamos a la altura de Gnido. Como el viento no nos dejaba entrar en puerto, navegamos al abrigo de Creta por la parte de Salmone; 8y, costeándola, llegamos con dificultad a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual se encuentra la ciudad de Lasea. 9Había transcurrido bastante tiempo y la navegación era ya peligrosa, pues incluso había pasado el Ayuno * . Pablo les advertió: 10«Amigos, presiento que la navegación va a ser muy peligrosa, y que pueden salir seriamente dañadas no sólo la carga y la nave, sino también nuestras propias personas.» 11Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón que a las palabras de Pablo. 12Como el puerto no estaba acondicionado para invernar, la mayoría decidió hacerse a la mar desde allí, por si era posible llegar a Fénica, un puerto de Creta orientado al suroeste y al noroeste, y pasar allí el invierno. 13Como entonces soplaba ligeramente el viento del sur, creyeron que podían poner en práctica su propósito. Así que levaron anclas y fueron costeando Creta de cerca. 14Pero no mucho después se desencadenó un viento huracanado procedente de la isla, llamado Euroaquilón. 15La nave fue arrastrada y, al no poder hacer frente al viento, nos abandonamos a la deriva. 16Navegando a sotavento de una isleta llamada Cauda, pudimos con mucha dificultad hacernos con el bote. 17Una vez izado el bote, se emplearon los cables de refuerzo, ciñendo el casco por debajo; y por miedo a chocar contra la Sirte, se echó el ancla flotante. Así navegábamos a la deriva. 18Pero como el temporal seguía sacudiéndonos furiosamente, al día siguiente aligeraron la nave. 19Al tercer día, con sus propias manos, arrojaron por la borda el aparejo de la nave. 20Durante muchos días no aparecieron ni el sol ni las estrellas. Además, con la violenta tempestad que teníamos sobre nosotros, toda esperanza de salvarnos iba desapareciendo. 21Llevábamos bastantes días sin comer * . Entonces Pablo se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «Amigos, más hubiera valido que me hubierais escuchado y no os hubierais hecho a la mar desde Creta. Os habríais ahorrado este peligro y esta pérdida. 22Pero ahora os recomiendo que tengáis buen ánimo. Ninguno de vosotros va a morir; sólo se perderá la nave. 23Lo digo porque esta noche se me ha aparecido un ángel del Dios a quien pertenezco y a quien doy culto, 24y me ha dicho: ‘No temas, Pablo; tú tienes que comparecer ante el César * . Por eso, Dios te ha concedido la vida junto con todos los que navegan contigo.’ 25Por tanto, amigos, ¡ánimo! Yo tengo fe en Dios y creo que todo sucederá tal como se me ha dicho. 26Iremos a dar en alguna isla.» 27Era ya la décima cuarta noche que íbamos a la deriva por el Adriático * , cuando hacia la media noche presintieron los marineros la proximidad de tierra. 28Sondearon la profundidad, y el lecho del mar estaba a veinte brazas; un poco más adelante sondearon de nuevo y midieron quince brazas. 29Temerosos de que fuésemos a chocar contra algunos escollos, echaron cuatro anclas desde la popa y esperaron ansiosamente que se hiciese de día. 30Los marineros intentaban escapar de la nave, y empezaron a arriar el bote con el pretexto de echar los cables de las anclas de proa. 31Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si no se quedan éstos en la nave, no os vais a poder salvar.» 32Entonces los soldados cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer. 33Mientras esperaban que se hiciera de día, Pablo aconsejaba a todos que tomasen alimento. Les decía: «Hace ya catorce días que, preocupados por lo que pueda pasar, estáis en ayunas, sin probar bocado. 34Os aconsejo que, si queréis sobrevivir, comáis algo. Ninguno de vosotros perderá ni un solo cabello de su cabeza.» 35Dicho esto, tomó pan, dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y se puso a comer * . 36Entonces todos los demás se animaron y empezaron también a comer. 37Estábamos en total en la nave doscientas setenta y seis personas. 38Una vez satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar. 39Cuando vino el día, los marineros no reconocían la tierra; solamente podían divisar una ensenada con su playa. Así que resolvieron hacer todo lo posible por impulsar la nave hacia ella. 40Soltaron las anclas, que dejaron caer al mar; aflojaron al mismo tiempo las ataduras de los timones; después izaron al viento la vela artimón y pusieron rumbo a la playa. 41Pero tropezaron contra un lugar con mar por ambos lados, y encalló allí la nave. La proa, clavada, quedó inmóvil; en cambio la popa, sacudida violentamente, se iba deshaciendo. 42Los soldados resolvieron entonces matar a los presos, para que ninguno escapase a nado. 43Pero el centurión, que quería salvar a Pablo, se opuso a su decisión y dio orden de que los que supieran nadar se arrojasen los primeros al agua y ganasen la orilla; 44y que los demás saliesen sobre tablones o sobre los despojos de la nave. De esta forma todos llegamos a tierra sanos y salvos.